Intrigada por aquel pequeño fantasma, intentó desentrañar su historia. Sin embargo, nadie en la vecindad sabía de él; era como si surgiera de las propias entrañas de la ciudad al caer el sol, para perderse luego en los laberintos de la noche.
Un día, la Tía Lola decidió abandonar las preguntas y simplemente se sentó en la banqueta, a su lado, sin pronunciar palabra. Así pasaban las tardes, envueltos en silencios profundos, mientras el aire cálido de Mérida susurraba entre las hojas y las hamacas se mecían suavemente, cómplices de un diálogo sin voces.
Con el tiempo, el niño dejó de mirarla con desconfianza. En una tarde teñida de ocres y dorados, permaneció junto a ella hasta que las primeras estrellas titilaron en el firmamento, sin correr ni esconderse. Nadie supo jamás qué pensamientos anidaban en sus mentes ni qué emociones brotaban en sus corazones. Solo se decía que, en esos silencios compartidos, algo parecido al cariño echaba raíces, silencioso y profundo, como los árboles antiguos que, de pronto, encuentran tierra fértil donde renacer.

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